viernes, 3 de junio de 2011

Un espaldarazo para el monstruo


Narciso Díaz Rodríguez/ Hablemos Press.

Fotografías archivo de Hablemos Press.

Ciudad de La Habana.―Sobre la arena del circo arrojaron a aun monstruo. El público vociferaba enardecido mientras el César hacía señas a gladiadores armados para que lo hirieran sin piedad, y si es posible, por la espalda.

El Instituto Nacional de la Vivienda, ese engendro legado del derecho socialista al estilo soviético, pareció haber sido uno de los chivos expiatorios bien escogidos para anunciar su ejecución pública en un tiempo de “reformas” que no llegan.

Los personeros del régimen de La Habana, hicieron correr el rumor de que la Vivienda, como abreviadamente se reconoce al perturbador Instituto, otrora organismo central del Estado, y luego una rama integrante del Ministerio de la Construcción, estaba destinado a desaparecer como una muestra de las mejores intenciones de agilizar el sistema. Pero, ¿será esto cierto o estamos en presencia de uno de los espantosos espejismos provenientes de las misma fuente?

El Segundo Secretario del Partido, Machado Ventura, en una reciente reunión partidista, se mostró molesto por la existencia de asentamientos urbanos en los alrededores de la zona turística de Guardalavaca, al sur de la provincia Camagüey. Qué horror, el pueblo cercando nada menos que a los turistas con su “indigencia”.

Días atrás, en una de las aburridas comisiones del VI Congreso del Partido, específicamente la presidida por Ramiro Valdés, se vio a una delegada, no sin cierto temor y hasta inquietud, solicitar que se tuviera en cuenta, en el tema de la vivienda, la posibilidad de legalizar las actuales “ilegalidades”. Esto parece un contrasentido, pero cuando se trata de la Vivienda, en Cuba, se habla así.

En esa ocasión el Comandante Valdés atajó de inmediato la propuesta de la delegada. “Tenemos que tener mucho cuidado”, dijo midiendo las palabras, “porque si abrimos las puertas a las ilegalidades”… Sin duda que todos los delegados entendieron el final y el contenido de las frases.

Pues bien, lo que ha ocurrido en Guardalavaca, y en decenas de lugares dentro de la isla, es precisamente una de esas “ilegalidades”.

Asentamientos poblacionales improvisados, y caseríos rudimentarios, brotan como burbujas y amenazan con extenderse a lugares insospechados a lo largo de toda la isla. Es la respuesta natural de un pueblo obligado por generaciones enteras a vivir comprimido en espacios demencialmente reducidos.

Abuelos, hijos, nietos, hermanos, tíos, sobrinos y demás colaterales, deben olvidar por siempre la esperanza sana de vivir en un recinto donde la intimidad sirva de base para una vida digna. ¿Y qué órgano, qué fuerza intimidatoria y física ha logrado demostrar, durante decenios, que es posible ese absurdo social? Ese instrumento, monstruoso por cierto, ya existe. ¿Para qué complicarse en crear otro, o peor, movilizar el ejército o la policía en tareas como desalojar mujeres y niños declarados “ilegales”?

Cuando Ventura habló del tema de las construcciones ilegales a sus subordinados militantes, lo hizo en su acostumbrado estilo apagado pero insistente. Señalaba a la mesa con ambos dedos índices mientras enfatizaba la siguiente frase: “La Vivienda, como institución encargada de estos casos, debe velar porque no se cometan tales ilegalidades. Siempre ha sido importante evitarlas, ¡y ahora más que nunca!”

Pues bien, esto parece un cambio, o mejor dicho, una vuelta al constante pasado, a las fórmulas tradicionales de la vieja maquinaria.

Las palabras del alto dirigente no pueden ser menos que un espaldarazo para los funcionarios de la Vivienda, quienes ya se veían encabezando la lista de los anunciados despidos. Por ello, no es difícil concluir lo siguiente: mientras el régimen sobreviva, existirá el Instituto Nacional de la Vivienda, ya sea con ese nombre o con otro, pero siempre en su condición de civil. Después de todo, los funcionarios civiles saben que su verdadero código es militar. Alguien tiene que seguir ajustando la camisa de fuerza al pueblo, a los millones que se agolpan en un enajenante transporte público, para moverse de un lugar a otro y regresar a sus hogares al borde del derrumbe, sucios, divididos y superpoblados más allá del límite.

Es por eso que a las marionetas del César, las más cercanas, les toca ahora interpretar sus señas y pedirle al monstruo que se levante de la humillante arena. Acabó el espectáculo. Los que lo creyeron, tendrán otro motivo para lamentarse. Para el monstruo, llegó la hora de actuar una vez más y demostrar su indiscutido valor, pues fue especialmente creado no para disolver las “ilegalidades”, sino y sobre todo, para amedrentar, contener y reprimir.

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